De la furia de Amores perros (2000) al desgarro de 21 gramos (2003) pasando por la intrincada Babel (2006). Esa primera parte de la obra de Alejandro González Iñarritu dio señales de que su cine consistía en traicionar a lo convencional.
Después vino una transición que coincidió con su divorcio artístico con el escritor Guillermo Arriaga, el guionista de los tres esplendidos dramas antes mencionados.
Ese comenzar de cero -sin la colaboración del novelista- inició con la errática Biutiful (2010), pero pronto González Iñarritu recuperó el tono con la estrafalaria Birdman (2014) que ganó 4 premios Oscar, entre ellos, película y director.
Luego este cineasta, ya más acostumbrado a ser independiente, hizo historia con la portentosa The Revenant (2015) al convertirse en el segundo creador en ganar dos años seguidos el Oscar como mejor director (proeza que consiguió primero Joseph L. Mankiewicz por A Letter to Three Wives en 1949 y por All About Eve en 1950).
Alcanzar la gloria a los 52 años le dio vértigo porque retornó al largometraje en el 2022 con la inconstante Bardo.

Al principio, la transformación física de Tom Cruise para ser Digger Rockwell duraba 6 horas. Luego el proceso se redujo hasta los 60 minutos. Cortesía/Warner Bros. Pictures
Riesgos
Estamos ante un cineasta desmesurado. Eso quedó en evidencia en la narrativa audiovisual de Birdman, The Revenant y Bardo.
Por lo que no debe sorprender los excesos que plantea su interesante Digger (2026) al evidenciar los peligros de adorar al petróleo y la preocupante atracción que despiertan seudo líderes que nos pueden llevar a la destrucción completa.
Hay ejemplos en el cine contemporáneo de Hollywood que son antecedentes de Digger, en cuanto a cómo romper los paradigmas desde la desmedida. Allí está ese viaje bestial sobre las locuras de la sociedad durante la década de 1920 en la desbordante Babylon (2022, Damien Chazelle); la histriónica manera de mostrarnos el fin del mundo de Don’t Look Up (2021, Adam McKay) o Ámsterdam (2022, David O Rusell) sobre una hiperbólica conspiración autoritaria.
Ninguna de las cuatro producciones encontró el estado de excelencia de Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), cuando Stanley Kubrick sí supo traducir, desde la comedia negra, esos años desbocados de la Guerra Fría que casi nos llevan a una tercera confrontación bélica global en el siglo XX.
Como sátira Digger es aleccionadora, al evidenciar que hay representantes del poder económico, militar y gubernamental que solo están interesados en ganar dinero, en este caso, a través de una plataforma petrolera en el Ártico que trabaja sin desmayo, por lo que no les importa demasiado provocar un accidente en Groenlandia que llevará posteriormente a la destrucción de una parte de Europa.
Digger es intencionalmente inaccesible al atacar al capitalismo salvaje desde el sarcasmo. Edifica una pared gruesa que hace difícil penetrarla desde las butacas del cine. Su puesta en escena -elaborada con absurdos propios de una sátira heredera de Jonathan Swift y George Orwell- apabulla al espectador hasta provocar más confusión que admiración. La audiencia intuye que está ante algo increíble, pero sabe que le falta algo: ¿otro ritmo, otra edición u otra entonación?
Digger se queda un poco corta si la comparamos con otras buenas muestras fílmicas del uso adecuado de la ironía, el ridículo, la burla y lo mordaz como herramientas políticas de crítica social.
¿Cuáles? La violencia del hombre moderno que es domesticado por la violencia primigenia en Fight Club (1999, David Fincher); el dominio preocupante de los medios de comunicación y las redes sociales en The Truman Show (1998, Peter Weir); los sueños incumplidos a una clase media urbana en American Beauty (1999, Sam Mendes) o el racismo que nunca desaparece como reafirma Get Out (2017, Jordan Peele).

El director Alejandro González Iñarritu trabajó durante 10 años en el proyecto de Digger y durante siete años lo discutió con Tom Cruise. Cortesía/Warner Bros. Pictures
¿Y el Oscar? Si bien falta mucho camino por recorrer, Digger tiene chance en categorías como mejor película, actor principal (Tom Cruise), actor y actriz de reparto (John Goodman y Sandra Hüller) y guion original.
¿Alejandro González Iñarritu empatará con tres Oscar adquiridos en el aparte de dirección como los inmortales William Wyler y Frank Capra? Antes hay que esperar si lo nominan a la estatuilla dorada, lo que es posible, aunque tiene aspirantes de valía: Christopher Nolan (The Odyssey), Martin McDonagh (Wild Horse Nine), Cristian Mungiu (Fjord), Denis Villeneuve (Dune: Part Three) y Phil Lord y Christopher Miller (Project Hail Mary).
El chico Top Gun
El ser humano que encarna Tom Cruise en Digger tiene más de una capa que evito revelar para no hacerles perder la experiencia de la sorpresa argumental que tiene guardada la película de Alejandro González Iñarritu.
Tom Cruise está a un nivel interpretativo excelso comparable con su desempeño en Magnolia (1999), de Paul Thomas Anderson, un director que sí sabe tener las riendas de sus excesos estéticos como lo dejó claro en There Will Be Blood (2007) y One Battle After Another (2025).
Cruise sostiene con solidez esta pirámide de naipes para evitar que se derrumbe ante la inestabilidad satírica que propone su cineasta. En eso recibe la colaboración de dos fabulosos colegas: John Goodman (como un patético mandatario parecido a uno de triste recordación) y Sandra Hüller como alguien deseosa del prestigio que dan las causas nobles, aunque no crea en esas causas.
En conclusión, la sátira es como una olla de rica sopa hirviendo que estamos sosteniendo con nuestras extremidades superiores. Si no tenemos guantes, nuestro instinto más primitivo de sobrevivencia será tirarla al suelo porque nos quema las manos. Porque la sátira plantea sus cuestionamientos desde lo candente de la caricatura y el humor sombrío, ingredientes que te harán saborear o detestar esa sopa llamada Digger.
* El autor es miembro de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica, Fipresci.

